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| Valparaíso de noche / Foto de Vista Mundo |
Texto de Víctor Rojas Farías
Nueve
de la mañana. Encuentro casual con el
viejo poeta Luis Fuentealba, vividor de décadas de antigua bohemia, que va a
ver al médico. Con su compadre, Manuel
Astica Fuentes, hace cuarenta años, acuñaron un lema: Amo mi casa porque es
como mi segundo bar. Está achacado,
arrastra los pies.
-Don
Lucho ¿porqué no me acepta un desayuno, para conversar?
-Cómo
no, hombre, vamos. Cuando uno está tan
viejo tiene más que nunca cosas para conversar, pero son pocos los que quieren
hablar con uno.
Pasamos a un restaurant. Don Luis, feliz como caballo rojo, llama al
mozo.
-Niñoo,
niñooo, tráenos una docena de huevos duros y un vinito de la casa.
-Señor, puedo ofrecerle café, té, si gusta
shop... y hay sandwichs.
-Tráeme
dos tortillas, entonces. Y para tomar,
un tiuque.
-Tenemos
completos, italiano o palta mayo, barros
luco, barros jarpa.. Si desea alguna
bebida...
-Mira
niño, si no tienes tiuque, háceme una sangría. Que te quede guardentosa.
-¡¿Guarden
qué?! Señor, perdone... No sé lo que es
eso. Aquí hay lo que hay no más.
Y don Luis se para. Se despide porque se acuerda que al médico
tiene que ir en ayunas, pero dice que le sería grato salir en la noche, a algún
lugar de verdad, para ver si todavía existe la luna.
-Bueno,
don Lucho, voy a pasarlo a buscar con Rubén Sáez, que sabe tanto sobre
Valparaíso.
-Macanudo.
#
Vámonos de farra. Acordémonos de
los eternos habitantes de la noche. Pidamos una ronda y empecemos a conversar la noche porteña. Rubén Sáez hace un salud y Luis Fuentealba parte recordándose de
mediados de siglo.
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| Luis Fuentealba Lagos (Los Ángeles 1914 -Viña del Mar 2003). Poeta. Llegó a Valparaíso, la ciudad en la que se arraigó, y fundó el grupo Altamar. Trabajó como periodista en los diarios "Frente Popular", "La Opinión" y "La Nación". Autor de "Proceso al corazón" (1961), "Temporal en las raíces" (1963) y de la antología "Poetas porteños" (1968), entre otras cosas. / Foto de Poetas Siglo XXI |
*
Cómo dejar olvidado
al “Chico” López, de la década del 1950, al que dieron un vaso de vinagre, y
sorbiéndolo con alegría exclamó: “Así me gusta el vinito: fuertón”. Pertenecía al grupo de la Caja de Empleados
Particulares, sirvió de modelo para un personaje novelesco de Carlos León, que
tomó tres anécdotas suyas, y nadie sabe explicarse cómo perduró en su trabajo
si día por medio terminaba siendo llevado a casa por un vecino que lo
encontraba durmiendo en la calle. Cierta vez le dio con que las prostitutas no sabían su labor: no era un
rato de cuerpo lo que tenían que vender, sino la ilusión de pertenecer a un
hombre, de amarlo hasta deshacerse. El
cliente debía sentirse león, cacique, rey,
porque ellas debían ser paz, alfombra, pasto.
Las prostitutas hacían un alto en
su trabajo en el mismo bar donde remataban los empleados particulares, y allí
el Chico exponía su doctrina. Las
convenció. Y se cuenta que tuvieron de
qué agradecerle, dos de ellas se casaron con los clientes. A ese bar (¿el primer “Siete Machos” “Don Amador”?) una morena delgada entró contenta: “Vengo a
despedirme. Parto al sur porque me voy a matrimoniar. Conocí de día a un sureño y nos
enamoramos”. De inmediato empezaron los
de la Caja a pedir la despedida en grupo. “Caa poo tee/ Caa poo tee”. Ella se indignó. “Pero niña, cómo puedes enojarte si es una
cosa sana, de amigos...” “La casa se
cierra porque tiene dueño: lo que sí, en parte es gracias al Chico que se me
arregló el futuro. Cuando tenga un hijo
le voy a poner como él, por eso vine, para saber cómo se llama”. Era una petición tan íntima que se hizo el
silencio: oficinistas y prostitutas callaron esperando la respuesta. El Chico, emocionado, contestó: “Es un gran
honor: yo me llamo Edgardo”. Y ella:
“No pienso joder a mi hijo con ese nombre: yo creía que te llamabai
Manuel”. “Pero si querís que se llame
como yo le tenís que poner Edgardo”.
“Le voy a poner Manuel”. “¡Pero
le dirían Gardo!” “Una mugre de
sobrenombre; que le digan Manolo no más”.
“Yo me llamo Edgardo”. “Mira, en
tu nombre le voy a poner Manuel y dejémoslo ahí”. “Salud.
Oye, y tu sureño... ¿sabe en lo que trabajai?” “No, pus, claro que no...y nunca nunca lo va
a saber, y si alguna vez los encuentro en la calle les digo desde ya que no me
saluden porque esa que ustedes conocían, esa ya murió”. Y ella, feliz de empezar nueva vida,
comienza a fijarse en el resto de la gente del bar, y en una mesa, con la
cabeza gacha, como queriendo ocultarse en un vaso, divisa a su novio. Está claro que ha escuchado todo, y que
desearía ahogarse en el vino, y que no quiere ser reconocido. Y ella, con desgarro, sabe que ya nunca más
lo verá, que adiós para siempre adiós.
Este episodio junta al Chico, un personaje ligado al memorial de la
farra, y a una de las historias que mantienen las prostitutas de Valparaíso,
relatos que actualizan y reflejan las penas y desesperanzas de un gremio que
jamás podría pertenecer al Opus Dei pero
no quiere pertenecer al Opus Night:
mezcladas con andanzas nocheriegas andan esas historias tristes, que
cada veinte años cambian la fecha, o los nombres de los personajes, pero son la
misma eternidad.
#
Vámonos a otro local. El centro
nocturno de Valparaíso estaba en el Barrio Puerto, por Bustamante; después, se
corrió para el área de la avenida Argentina, y luego retrocedió hasta el
centro: cercano a la plaza Anibal Pinto. Vámonos al Puerto: allá va un muchacho dando tumbos, curado como hilo de comisión... Se va cortado
no más: al suelo, y se le desparraman papeles. Van tres casi niños a ayudarlo.
Pero le sacan la chaqueta y los zapatos y corren a perderse. Otro asaltado... ¡¡porqué no se habrá quedado
a dormir la mona en cualquier parte, el iluso, como Báez!!
El poeta Alvaro Báez, en l992, vivió un
imprevisto en un bar. El Valparaíso Eterno.
Era sábado muy en la noche y -después de alguna dosis de licor- al autor
le pareció lógico recostarse a dormir bajo una mesa, ya que tenía sueño. Se tapó con un mantel. Y, para que nadie lo molestara, puso un cerco
de sillas. Cerraron el local con un
grueso candado hasta el lunes, por no abrirse los domingos. Al día siguiente se oía feliz a Báez hablando
por teléfono con sus amistades: "No me vas a creer, estoy encerrado en un
bar". Y de fondo sonaban cristales,
aunque él le dijo después al dueño[1]
que había tomado puro café. Cómo
no. Otro caso de sinceridad de un poeta
es el de Fernández Solar-Santiago, l940-
quien después que lo desahuciaron afirmó que iba a dejar el trago. Y dijo (con gran esfuerzo) a las amistades
literarias que lo fueron a despedir al lecho de muerte, sus recordadas últimas
palabras: Ah, ustedes, cómo estarán tomando vino con frutillas... claro
que en esta época no hay frutillas, pero con durazno también es
bueno. Y murió.
#
Hemos llegado a la avenida Altamirano. Acá, junto al mar... es fama que Rubén Darío venía a inspirarse,
porque podía leer poemas en voz alta sin ser molestado. Se bajaba del tranvía y enfilaba por las rocas. Adelante, el mar azul. Arriba, el cielo azul. Y -en Francia- Víctor Hugo había dicho que el
arte es azul. Rubén no podía ponerle
otro nombre a su libro-bomba: Azul. Y se
quedó con esa visión adentro: en todos sus libros encontramos el color siempre
ligado a lo bello, a lo bueno, a lo puro; en contraposición al rojo. Pero ahora está de noche, y todo se ve
negro.
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| El joven poeta salió desde su tierra natal, Nicaragua, en mayo de 1886, arribando a Valparaíso el 24 de junio de ese mismo año. A su llegada, fue recibido por Eduardo Poirier, quien le dio la bienvenida oficial y lo presentó ante la intelectualidad chilena mediante un artículo publicado en El Mercurio. / Foto de Memoria Chilena |
“Vamos,
apúrate en saltar el muro”, apuró Emilio Rodríguez Mendoza a Rubén Darío, pero
el poeta no era muy ágil y entrar en ese horario, cuando el cementerio está
cerrado, no lo entusiasmaba. Llegaron a
la fosa común. Vieron un cráneo desde el
cual, por la cuenca, salió una rata. Rodríguez y sus acompañantes rieron al ver cómo Darío empalidecía. ¡Un presagio!
De pronto, el vate vaticinó: había captado lo fatal. Muchos de sus amigos morirían pronto (así
sucedió en la Revolución del 1891) y él mismo tendría que irse de Chile. Y no
quería. Intentaron reanimarlo, no
pudieron: se había alterado profundamente.
Una vez fuera, para hacerlo hablar, le mostraron cognac, ofreciéndole un
poco. Darío tomó un mucho. Y otro mucho.
Y otro. Y, ya embriagado, se desentendió de sus miedos para hablar de
sus esperanzas: una nueva poesía que sonara como cajita de música, como
orquesta de cuerdas, como cristales y clavecines... Claro, tendría que irse de Chile. Y eso quería.
#
Hace frío. Devolvámonos, metámonos a un local.
Vámonos cerca de la iglesia La Matriz. Nos encontramos con un personaje del puerto, “El Justiciero”, que es tan
anciano y sin embargo cuida autos en las mañanas, porque jubilación no
tiene. Lo invitamos a una mesa y le
contamos que en la obra de teatro “Roland Bar” lo representan casi a la
perfección. Dice que lo invitaron a
verla, y que lo aplaudieron a rabiar cuando lo presentaron al público. No se conmueve ni se emociona. Sólo pide un trago caro. “Aquí van a pagar ustedes, así que ¿porqué no
le aplicamos una chorrillana? Mejor no,
me hace mal al hígado y ya estoy por parar las chalupas... y pensar que uno ha
sido joven”. Recuerda su infancia, tan
lejana. Y hace alusión a drogas,
alcohol...
En su conversación
alcanzamos a vislumbrar el eco apagado de esas conversaciones de 1940. Por acá se sienta en la mesa una señora,
añosa, “Miau miau”, que se llamaba cuando ejercía. Quiere hablar de esas buenas casas malas:
“Los Siete Espejos”, “La Tía María”, “La Cachanga”. No nos interesa: seguimos hablando de Darío
y el “Canto Épico a las Glorias de Chile”.
La señora hace un gesto. Recuerda
lo que decía su “tata”: que la esposa de Prat tenía 27 años cuando enviudó del
héroe. Y era linda. Se podría haber llenado de
pretendientes. Pero la marina se los
alejó a todos bien alejados: murió 52 años después de la Guerra del 79 con el
nombre de Arturo en sus labios y sin haber estado a solas con otro hombre ni
siquiera en conversación. Porque la Armada.. “Mi tata decía que a doña Carmela nadie la podían darle ni una miradita, estaba como
quien dice presa en jaula de oro. Pero
¿quién prefiere jaula de oro a buena cama,aunque sea de plata?”
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| Retrato de Carmela Carvajal Briones (Quillota, Región de Valparaíso, 16 de julio de 1851-16 de agosto de 1931), viuda de Arturo Prat. / Foto de Memoria Chilena |
En esas palabras incompartibles advertimos
horas y horas de conversaciones antiguas: toda clase de rumores y copuchas que
siempre tienen que ver con la justificación del barrio: sexo, y el dulce ángel
del sexo, y el azúcar del sexo, su violín. “Fíjense mijos que el Yako dijo en el diario La Estrella, que lo estaban
entrevistando por el boxeo, que había tenido cuatro mil mujeres. A los dos años los mismos periodistas le
preguntaron si era verdad eso de las cuatro mil. Y él les respondió que era verdad hacía dos
años, porque ahora iban ochocientas más” ¿Será cierto? Conversaciones de
curados en la noche, eternas morbosidades y qué van a ser ciertas. “Pero ¿no sabiai tú cabro que el Negro
Cornelio, una vez –venía de una competencia de quebrar platos con el que te
jedi- tomó el ascensor Turri y estaba
lleno de monjas, pucha, y al Cornelio le dolía el manguaco y tenía que
sobárselo? Entonces fue que...” Está
bien, está bien, pero yo ya quiero irme a mi casa y no sé cómo voy a levantarme
para ir a trabajar...con un dolor de cabeza que no tuvieron ni los soldados
ebrios que mandaron matar a Diego Portales en el cerro Barón en la farra más
cara de Chile. Aaay, me duele la cabeza..
-Ya
, Rubén, me voy.
-Pero
cómo te vas a ir si estamos en la mitad...
-Es
que ya amaneció hace rato y tengo que hacer.
Además, don Lucho debe estar cansado.
-Qué
va a estar cansado. Míralo.
Escucho la voz de Fuentealba.: “Ya van a ser
las nueve de la mañana, hombre, ¿porqué no me aceptas un desayuno, para
conversar? ¡Vamos a pedir por ahí unos huevitos duros y un vinito de la
casa!”
¡Gracias Víctor!





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